jueves, 8 de septiembre de 2011

¿Quién nos protege de ellos?

Aterrizo en Madrid y me enseñan un vídeo. Lo primero que pienso es que son de hace años, cuando los maderos tenía barra libre. Este relato es lo que pude y puedo ver. Un descripción libre, después juzguen ustedes.

Se inicia el vídeo. Un grupo de policías va agrupado por los aledaños de la Gran Vía como un comando yanqui que andaba en medio de la selva de Vietnam. Juntos, pegados unos a otros miran a todos los lados en busca de charlis en la acera. Son una piña, unos espartanos entre tanta bestia. Deben de andar con mil ojos.

De fondo de oye una voz. Es femenina. Una chica les increpa y les llama violentos.

Ellos saben que no lo son, al igual que los bárbaros no se sabían violentos, ellos tampoco lo creen. Uno de ellos, quizás el más novato, cree que hacen un servicio a la sociedad y que alguien tiene que sacrificarse en limpiar las calles de escoria. Escoria seleccionada y clasificada dentro de la mente del jefe de la patrulla.

El cabeza pensante no ha escuchado el primer grito de la chica, pero ese segundo grito, "violentos", no se le escapa. Manda estirar el grupo junto a la acera. El equipo se separa y busca con la mirada posibles peligros. Miran hacia un lado, hacia el otro y, en un alarde de escolta del rey, lanzan miradas a las ventanas de los edificios que les rodean. El jefe lo tiene todo controlado. Por delante suyo pasan, mejor dicho, él deja pasar a unos viandantes con emblemas cristianos. Éstos no pueden ser chusma, van bien vestidos, dice su mente en un rápido proceso de selección. Con sus ojos de comander busca la voz de la que ha salido aquel improperio. Llamarle a él violento es un deshonor. Y ahí está esa chica osada y mal educada. Va acompañada de un chaval endeble y con cara de asustado. Estúpidos niñatos, le dice su cabeza.

La chica se estira y pronuncia un "qué pasa" algo desafiante. La mano del policía cree que ya está bien y sin pedir documentación la sacude un golpe en la cara de la joven. La chica se revuelve, el chico que va con ella sabe que eso no pinta bien; ha visto muchas películas de Harry Callahan y de polis duros. La sujeta y la eleva. La chica patalea e intenta quitarse los brazos duros y hábiles de su compañeros. Brazos que hace unos segundos buscaban, quizás, un abrazo cálido. Pero ahora no. Son brazos de socorrista, brazos sabedores del peligro que corre un ciervo rodeado de leones.

El chico le susurra algo, quizás "un tranquila mi vida" o un "déjalo cariño, déjalo". La levanta y la saca de la acera al asfalto. En ese corto viaje recibe varios porrazos. El policía que se los da piensa que se lo merecía. Ha buscado el muslo con su porra. En la academia le enseñaron que es un lugar idóneo para poder, en un momento dado, dejarle dormida la pierna y, de paso, dejarle un regalo que le haga recordar ese "momento".

La chica es más fuerte de lo que se piensan. Sus derechos y la humillación de la que ha sido objeto son más duros que los músculos. Un policía eterno se pone delante de ellos, estira su brazo que parece no tener fin ese brazo y les grita "¡¡¡iros, correr!!!", como el leñador que manda la madrastra para matar a Blancanieves. Él es el poli bueno, hace de tipo duro con corazón de gelatina, mientras, su jefe, agrede a un fotógrafo que ha sacado la instantánea de su golpe a la chica.

Una voz. Una orden y todos los uniformados retroceden y se agrupan como legionarios. Marchan hacia atrás sin perder de vista a esos tres enegúmenos. Tres personas que, para los ellos, son escoria de la sociedad. Gente incívica que grita no sé qué de unos derechos. Chicos que no saben lo duro que es limpiar la ciudad de personas insolentes, personas que buscan el libertinaje. Pero para eso están ellos, o mejor dicho, su jefe. Para descubrir gentuza de esa calaña.

Dentro de la furgoneta, mientras se colocan el número de placa en lugar visible para no incurrir en una sanción, comentan unos a otros como, sólo ellos, se han enfrentado con un grupo violento de tres personajes excluidos de la sociedad. Y su jefe, sentado en la parte delantera del vehículo, se dará la vuelta y les arrengará a sus pupilos diciendo que la ciudad, ahora, duerme más tranquila.

En ese mismo instante, la pareja se relame las heridas en un viejo portal de la calle Desengaño. El letrero de la calle les mira y se ríe. Ella llora, él mira las ventanas de los edificio y piensa si, con esa gente uniformada, la ciudad puede dormir más tranquila.


P.D: Es un relato que intenta denunciar la brutalidad de algunos , NO TODOS, policías. Sé que hay gente muy decente dentro de ese cuerpo y son ellos, los decentes, los que deben denunciar a sus compañeros que ensucian el nombre del cuerpo de policía. Policías que todos pensábamos que ya estaban fuera de circulación con la muerte del dictador.

Si quieres ver el vídeo, pincha aquí

3 comentarios:

Tesa dijo...

Vi el vídeo a las pocas horas de ocurrir y aunque los medios obviaron esa violencia policial, debido a que el vídeo fue muy difundido, la prensa oficial también se hizo eco.

No son tods los policias, pero si que hay bastantes que van como matones y si tiene unos jefes que los azuzan pues...

Aquí tenemos unos mossos que parecen armarios y son muy, muy violentos, aunque menos contundentes de lo que le gustaría a su jefe señor Puig.

Besos, Álvaro, y ya veo que le vas tomando el pulso a tu ciudad.

Laura dijo...

El famoso vídeo. Tú llegas ahora y te lo enseñan, algunos llevamos ya una temporadita de uñas a cuenta de él y de otras cosas que están saliendo en los medios y que se difunden por las redes sociales y que, efectivamente, nos retrotraen a tiempos dictatoriales.

Ya lo decía Ismael, atrapado sen azul.

Un saludo.

Fernanda Barbagallo dijo...

Alvaro... qué claro tu relato, que "tan de todos" ¿sabes? porque lamentablemente pasa en todo el mundo.

Pero es una suerte que también existan los que se animan a seguir gritando- aunque duela-.